top of page

El comportamiento como lenguaje

Foto del escritor: Patrick Barbosa
Patrick Barbosa
10 ago
3 min de lectura


Una mirada a los vínculos desde la terapia familiar


Cuando un niño empieza a tener un comportamiento que nos preocupa, nos incomoda o consideramos inadecuado, solemos mirar hacia él. ¿Qué le pasa? ¿Por qué hace esto? ¿Cómo conseguimos que deje de hacerlo? Son preguntas comprensibles. Y, a veces, necesitamos ampliar la mirada.


Porque un niño no existe separado de sus vínculos.


El mundo infantil está profundamente conectado con el cuerpo, el juego, la emoción y lo instintivo. Los niños juegan lo que viven, representan lo que sienten y muchas veces expresan a través de su comportamiento aquello que todavía no pueden organizar en palabras.

Por eso, en terapia familiar, un comportamiento no es solamente algo que corregir.


También es algo que escuchar.

Un miedo que aparece. Una rabia intensa. Un niño que desafía constantemente. Otro que comienza a aislarse. Incluso aquel que nunca molesta, que se adapta a todo y parece no necesitar nada.

Cada comportamiento ocurre dentro de una historia y de una red de relaciones.

Por eso no me interesa mirar al niño como una pieza aislada que necesita ser reparada. Me interesa preguntarme qué sucede en sus vínculos: cómo se relacionan los adultos, cómo se viven los límites, qué lugar ocupa cada miembro de la familia, qué ocurre con las emociones, cómo nos encontramos después de un conflicto.

Y también qué despierta ese niño en nosotros.

Porque nadie llega a la maternidad o a la paternidad con un mapa en blanco.


Criamos desde el mapa con el que fuimos criados.

A veces por imitación. Otras, por oposición.

Podemos repetir aquello que vivimos o intentar hacer exactamente lo contrario para que nuestros hijos nunca sientan lo que sentimos nosotros.

Parecen movimientos opuestos y, sin embargo, ambos pueden seguir organizándose alrededor de nuestra propia infancia.


A veces repetimos haciendo lo mismo. Otras, intentando hacer exactamente lo contrario.

Por eso nuestros hijos no solo necesitan que los comprendamos a ellos. Muchas veces nos invitan, sin saberlo, a mirar también nuestra propia historia.

Y asumir esa mirada implica hablar de responsabilidad.

Los adultos somos responsables de los vínculos que construimos con nuestros hijos.


Responsabilidad no significa culpa.

La culpa busca quién lo hizo mal. La responsabilidad nos permite reconocer nuestra parte y preguntarnos qué podemos hacer diferente.

Y esa responsabilidad tampoco existe fuera de la realidad que habitamos.

La falta de tiempo, la precariedad, la ausencia de conciliación, la soledad en la crianza y una sociedad que continúa depositando gran parte de los cuidados sobre las mujeres también atraviesan nuestras familias.

En algunas se suma la migración: criar lejos de la familia extensa, sin la red que antes sostenía, mientras se construye una vida en otra cultura y se atraviesa el duelo por aquello que quedó atrás.


Criamos con nuestra historia y dentro de unas condiciones.

Por eso la terapia familiar no consiste únicamente en preguntarnos qué le pasa al niño.

Consiste en mirar qué está ocurriendo entre nosotros.

Gabor Maté lo expresa con una frase que resume profundamente esta mirada:


La conexión entre padres e hijos es la intervención en salud mental más poderosa que conoce la humanidad.»

Quizá entonces la pregunta deje de ser solamente:


¿Cómo conseguimos que deje de comportarse así?

Y podamos empezar a preguntarnos:


¿Qué nos está contando este comportamiento sobre lo que ocurre en nuestros vínculos?

Porque los niños hablan con sus palabras, con el juego, con el cuerpo, con sus emociones y con aquello que hacen.


El comportamiento es lenguaje.


Y a veces, aquello que señalamos como el problema de un niño es precisamente la puerta que una familia necesita abrir para empezar a mirarse.


 
 
 

Comentarios


bottom of page