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Los guardianes de la herida

Foto del escritor: Patrick Barbosa
Patrick Barbosa
10 ago
3 min de lectura



Muchas mujeres llegan a terapia creyendo que hay algo en ellas que deberían cambiar. Algunas se sienten rotas. Otras creen que son demasiado sensibles, demasiado intensas, demasiado inseguras. Que deberían saber gestionar mejor lo que sienten, poner límites, dejar de repetir ciertas relaciones o, simplemente, estar bien. Vivimos en una sociedad que ha convertido gran parte del sufrimiento en un problema individual. Como si todo dependiera de gestionar mejor las emociones, pensar de otra manera, tener una actitud más positiva o esforzarnos un poco más.


Como si todo fuera una cuestión de voluntad.

Y hay procesos que no funcionan así. Puedes comprender perfectamente por qué repites un patrón y seguir repitiéndolo.Puedes saber que necesitas poner un límite y sentir cómo tu cuerpo se paraliza cuando llega el momento. Puedes querer confiar y permanecer alerta. Puedes saber que estás a salvo y seguir sintiendo miedo. Porque hay cosas que aprendimos mucho antes de poder explicarlas. Nuestro cuerpo aprendió a protegernos. Aprendimos a callarnos, a complacer, a anticiparnos a las necesidades de los demás, a controlarlo todo, a no necesitar, a desconectarnos de lo que sentíamos. No porque hubiera algo equivocado en nosotras. En algún momento, esas fueron nuestras maneras de atravesar lo que estábamos viviendo. David Arqués tiene una frase que me acompaña especialmente en la consulta:


Los mecanismos de defensa son los guardianes de la herida.

Por eso no se trata de luchar contra nuestras defensas. Se trata de acercarnos a ellas y preguntarnos:


¿Qué estás intentando proteger?

Comprender nuestra historia importa. Poner palabras a lo vivido puede ordenar, aliviar y devolver sentido a muchas cosas. Y, aun así, hay heridas que no se transforman solo porque consigamos comprenderlas. Porque aquello que aprendimos en relación necesita también nuevas experiencias en relación.


Necesitamos experiencias de seguridad.

Durante la infancia necesitamos que alguien nos ayude a sostener aquello que todavía no podemos sostener solas. Necesitamos una presencia capaz de acompañar nuestro miedo, nuestra rabia, nuestra tristeza. Alguien con quien aprender, poco a poco, que después del desbordamiento también puede llegar la calma. Eso es la corregulación. Y no siempre la tuvimos como la necesitábamos.


A veces nuestros adultos también estaban sobreviviendo a sus propias historias. A veces nadie les había enseñado a acompañar lo que sentían. Otras veces las condiciones familiares, económicas y sociales apenas dejaban espacio para estar emocionalmente disponibles. Porque nuestra historia no ocurre aislada. Ocurre dentro de una familia, de unos vínculos, de una cultura, de una época. Y cuando reducimos todo sufrimiento a una responsabilidad individual, terminamos pidiéndole a la persona que aprenda a soportar mejor aquello que, muchas veces, también la está dañando. Por eso sanar no sucede únicamente mirando hacia atrás. También sucede cuando empezamos a vivir algo diferente en el presente. Cuando encontramos espacios suficientemente seguros para bajar la guardia. Cuando descubrimos que podemos mostrar lo que sentimos y alguien permanece. Que podemos necesitar sin sentirnos una carga. Que podemos poner un límite y seguir siendo queridas. Que podemos acercarnos sin perdernos en el otro. Esas experiencias van dejando una huella nueva. Y quizá, poco a poco, el cuerpo empieza a comprender algo que ninguna explicación podía enseñarle: que ya no está allí.


Que ahora hay otras posibilidades. Que no necesita protegerse siempre de la misma manera. No creo que necesitemos dejar de ser quienes somos. Creo que necesitamos suficiente seguridad para dejar, poco a poco, de vivir desde la supervivencia. Porque los guardianes de la herida no necesitan ser vencidos.


Necesitan descubrir que, esta vez, no están solos.


 
 
 

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